El italiano lo borda con ocho bajo el par y se lleva el Open de España en su centenario
Día 07/05/2012 - 00.02h
Había culminado una jornada sobresaliente, esplendorosa, con siete bajo el par para un registro de menos ocho en el total de los cuatro días, así que la cauta sonrisa, ya esbozada, preludio del descorche del champán con que la armada italiana lo homenajeó al poco, era la única reacción posible de Francesco Molinari, que al cumplimentar el recorrido se abrió paso a la salida del 18 y declinó las preguntas de los periodistas en señal de respeto a sus compañeros. Sobre el césped del Real Club de Golf, ya con el Lorenzo atizando de lo lindo, se estaban jugando aún cuatro partidos más, con perseguidores del italiano a los que este casi treintañero nacido en Turín y de apellido con estirpe, había abrasado en la última jornada, partiendo desde atrás (con -1 empezó el día), remontando y haciéndose hueco a la chita callando aunque su nombre, desde que en los primeros días del torneo compartiera partidos con Álvaro Quirós, ya se escuchara entre bambalinas como firme candidato. La regularidad, que mucho tiene que ver con la serenidad, atributo fundamental en el deporte que sublima la precisión, es la que catapultó al hermano de Edoardo, Francesco, el más joven de la saga, que no más presentar en la casa club una tarjeta de 65 impactos (la mejor del día), tras robarle siete birdies al campo y acumular un menos ocho que sería inalcanzable para sus competidores, se marchó a esperar la resolución junto a su esposa, Valentina, y su pequeño Tommaso.
En realidad, el desenlace estaba cantado desde que Molinari embocara para birdie en el decimoquinto hoyo e hilara ese acierto con el del anterior para tallar ese sabroso menos ocho que era aún más suculento por el mullido colchón con los perseguidores. Les sacaba una ventaja de cuatro golpes que se reducirían a tres. Ni un solo problema tuvo, sólido como se mostró el italiano en toda la jornada, contundente desde el tee con el drive para colocar la pelota siempre en la calle, y luego, en los greenes, haciendo gala de la precisión del cirujano. No hubo otro jugador que se arrimara más a las banderas que el turinés, que se asomó al segundo puesto a eso de las tres menos veinte y diez minutos después dio el definitivo golpe, cuando al mismo tiempo sus rivales se enrocaron en el hoyo siete, maldito ayer. En la trampa del bogey cayeron Campillo, Kjeldsen, Dyson y también Larrazábal, al que se le vio menos sereno que en anteriores días, quizá por la presión del momento, quizá porque en los greenes, quejoso el catalán, las interferencias en forma de ruidos del público agrietaran su concentración granítica.
Molinari ya era líder nada más empezar la segunda vuelta y ahí culminó el trabajo, primero con brillantez (birdies al 10, al 13 y al 14) y luego asegurando con sobriedad en el resto para que ni una sola mácula en forma de bogey registrara su tarjeta. A ese holgado menos ocho nadie pudo acercarse, ni siquiera Cañizares, que partía más atrás que los otros dos candidatos españoles y se aupó al segundo puesto gracias a un soberbio eagle en el 16, el hoyo más cándido, el que suministró birdies en la última jornada a diestro y siniestro… menos a Simon Dyson, que se desfondó tras empezar como un tiro y casi romper la banca con dos birdies de salida, al uno y al dos, para recuperarse así del mal sabor de boca que le había dejado la doble mácula del 18 el sábado. Luego se le torció todo al jugador de York, siempre oculto tras las gafas de sol, y perdió pie con seis bogeys, el último en el relativamente plácido par tres del 17, para cerrar un día terrible: +4.
Tres segundos
Su actuación se situó en las antípodas de la de Molinari, al que siguieron en la clasificación una tacada de tres jugadores que le rascaron cinco golpes al campo: Cañizares, Kjeldsen y Larrazábal. El catalán, por cierto, pudo haberse encaramado a esa segunda plaza pero en solitario si hubiera acertado con el birdie del 18 o con el del 15, que literalmente se quedó al límite, colgando en el hoyo, a falta de un soplido.
Campillo tuvo un concurso desigual; acabó el día sobre el par pese a que levantó el vuelo con el eagle del 13 y el birdie del 16 para desinflarse, sin embargo, en los dos últimos, facturados con sendos bogeys. El cacereño de madre sevillana finalizó el torneo con tres bajo el par, actuación tan inesperada como, sobre todo, destacadísima que no pudo acercarse a los parámetros de excelencia en que se movió Molinari, nuevo monarca del Open de España en la edición más especial, la de su centenario y el sentido homenaje al gran maestro, que ya es mito y leyenda, Severiano Ballesteros, de cuyo fallecimiento se cumple hoy un año.

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